Martiniano Arce, “El Fileteador de Buenos Aires”

“El Fileteador de Buenos Aires” reza en el cartel sobre un edificio amarillo en Humberto Primo y Perú, San Telmo. Esa esquina es el hogar y el atelier del artista Martiniano Arce desde hace más de 45 años. Habita un mundo colorido, donde las borlas y firuletes de sus pinceles trazan las formas de casi todos los objetos de su casa, transformándola en un espacio único donde flores, pájaros y dragones bailan y vuelan sobre las distintas superficies.

Nació el 14 de noviembre de 1939 y comenzó a pintar a los 12 años. Sus manos, delicadas y capaces de trazar cualquier cosa que él se propusiera, nunca le fallaron y lo sorprenden hasta el día de hoy. Vivía en Valentín Alsina, provincia de Buenos Aires, junto a sus padres y sus cuatro hermanos, tenía una pared que tomaba “el color del tiempo”: el gris. Pintaba con carbón, tiza, azufre y ladrillo. Como no podía comprarse la tiza, la reemplazó por un pedazo de yeso. A Martiniano nunca le faltó voluntad, siempre se las rebuscó para pintar y superarse cada día. Tampoco tuvo un maestro, no aprendió de nadie, simplemente del acierto y del error. De pequeño dibujaba con frecuencia a Sigfrido, un personaje de la mitología germánica que lo cautivó: Sigfrido era un valiente que mató al dragón Fafnir y se bañó en su sangre. Cuando llovía, la pintura se iba del paredón y él dibujaba otra cosa. Nadie le impedía nada.Trabajó en los talleres de Lanús y Avellaneda pintando carros y carretas. Cuando el carro de leche desapareció, pasaron a filetearse camiones y colectivos. Y cuando estos también desaparecieron, Martiniano llevó el fileteado al caballete: “A nadie se le había ocurrido trabajar sobre tela con mejores óleos y acrílicos en aquel momento”, comentó Martiniano. Para que no se desvirtúe el filete,  respeta la hoja de acanto, la flor, el tipo de hoja, “a partir de ahí cada artista le da su enfoque y su esencia”, aclaró Arce. Él experimentó con una variedad de temáticas que reflejan la amplitud de su técnica y flexibilidad de su imaginación: el tango, la cultura gauchesca, personajes emblemáticos de la cultura argentina, obras sacras, naturaleza muerta y dragones, entre otros.

Nunca faltan las risas y las buenas fotos con Martiniano

Martiniano siempre recuerda con cariño a un gallego que conoció cuando él era un jovencito. “Siempre estaré agradecido de los  gallegos, son buena gente”, dijo con nostalgia Martiniano. Él tenía 17 años y le alquilaba una habitación a uno que, durante un año, no fue a reclamarle la renta. “Sabía que no estaba bien económicamente. Una vez que comencé a vender mis obras, le devolví todo junto”, afirmó Arce.

En 1971 comenzó a exponer sus obras en la feria que se realizaba los domingos en Plaza Dorrego, San Telmo. Allí comenzó a conocer al barrio y a interactuar con las personas, allí comenzó todo. Martiniano no paró de pintar en ningún  momento de su vida, y los reconocimientos tanto nacionales como internacionales no tardaron en llegar: en 1988 expuso sus cuadros en el prestigioso museo “Museon” de La Haya, Holanda, con auspicios de la Embajada Argentina y fileteó un Minibús para la comuna; es Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires y “Marca-País Argentina”, además de Huésped de Honor en varias municipalidades alrededor del país; en el 2007, la Honorable Cámara de Diputados de la Nación le entregó un diploma “en reconocimiento a su prestigiosa trayectoria, plasmada en la excelencia del arte del fileteado argentino”; en el 2018 recibió la distinción de Miembro Pleno de Cid-Unesco, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, cuya sede está en París; también recibió el premio “Cóndor de Fuego” de Platino,  de la Asociación Estampas y Memorias en el centro cultural “Dardo Rocha de La Plata”, una escultura del artista Eduardo Scoffield.

Uno de los dibujos que me hizo El Fileteador

Fileteó una botella de gaseosa de 2 metros para los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996. La conocida empresa Coca-Cola se la encargó para exponerla en la muestra Folk Art, representando a la Argentina. Desde entonces se exhibe junto a otras botellas pintadas de todo el mundo en el Museo de Coca-Cola en Atlanta, Estados Unidos.

Arce es autor del libro “El Arte del Filete” que contiene más de 140 de sus obras más emblemáticas que representan el tango y Gardel, retratos de personajes famosos, cuadros tradicionales del campo argentino, una extensa obra sacra donada a diferentes iglesias porteñas, naturalezas muertas de temáticas realistas. Y, además, un capítulo especial  dedicado a pájaros y dragones surrealistas.

Este multi premiado artista ha expuesto sus obras por todo el mundo y a la hora de hablar de su arte, no se detiene en cuestiones de logros, ni siquiera de técnica. Sino que siempre reflexiona sobre su camino interno y espiritual que le ha brindado su “destino” de pintar. Martiniano es católico pero le gusta y respeta todas las filosofías y todas las religiones como el taoísmo, el budismo y el hinduismo. Comparte algunas de sus frases favoritas: “Como dijo Blas Pascal, en occidente: ‘La vida es breve, el juicio difícil, no es bueno ser demasiado libre ni es bueno tener todo lo necesario. Instinto o razón, signo de dos naturalezas’. En oriente, dijo el filósofo Tetsugen: ‘La vida es un arte y el arte de la vida consiste en una reacomodación constante al medio. Dejar todo como está. Pugnar por descubrir la belleza en este mundo de desgracia y tedio’. Y  la Biblia dice respecto al talento: ‘Al que tiene y lo acrecienta se le dará más, y al que tiene y no lo acrecienta, aún ese poco se le quitará’”.

Trabajó junto al maestro Antonio Berni, pintor argentino. “Un día en una muestra me dijo: ‘no diga nada pero yo le voy a llamar para trabajar en conjunto’. Y no dije nada yo”, comenzó contando Martiniano, y continuó: “Dormía en el sillón de mi casa la siesta después de comer. Entrábamos las telas por la ventana porque no cabían por la puerta, eran de 2 metros x 2 metros. Y ahí pintábamos. Antonio era un hombre muy sabio. Un increíble conocedor y me decía:’Acordate que una línea divide la tela’; ‘Hay que pintar en grande, no se vende pero se ve’. Me acuerdo que había hecho un trabajo de unos obreros sentados en unos cajones y arriba había un coche nuevo, y le pregunté: ‘Antonio, el coche en la obra, lo pinta usted o lo pinto yo?’ y  Berni me contestó: ‘No, mejor pintalo vos porque yo no sé hacerlo’, ¡cómo no va a saber hacerlo ese gran maestro!”, exclamó Martiniano con un tono nostálgico. Además, esta gran dupla firmó en conjunto dos cuadros, uno de los cuales fue tapa de catálogo en la galería Bonino en Nueva York.

Junto a Martiniano en una de las salas de su casa

Arce tiene dos ataúdes fileteados en una sala de su casa: el de él y el de su mujer, Susana Lisotti, “fina poeta, dulce y cariñosa”, la definió Martiniano. Todo comenzó en el museo del Louvre en París cuando vio las tumbas de los egipcios. De ahí surgió la inspiración y se preguntó “¿Por qué yo no puedo tener mi propia tumba y decorarla?”. Entonces, cuando volvió a Buenos Aires fue a una casa fúnebre en San Telmo. “Cuando entré el hombre me recibió con un tono de voz bajo y me dio las condolencias, y cuando le expliqué que era un artista y que lo único que quería era que me vendiera un ataúd para pintarlo, cambió automáticamente la manera en que me habló y me dijo que no me lo podía vender porque ellos ofrecían todo el servicio, no podía darme sólo el ataúd. Y volví con las manos vacías”, empezó relatando Martiniano la anécdota, y continuó: “a los pocos meses, tocó la puerta de mi casa un muchacho que quería conocerme y me contó que era dueño de una funeraria, cuando le comenté lo que quería hacer no dudó un segundo que fue y me regaló el ataúd. Me acuerdo que cuando lo iba a entrar a casa quería hacerlo rápido para que nadie del barrio sospechara nada ni se preocupara al ver que estaba entrando un ataúd. Pero la segunda puerta de la entrada no se abría y estábamos afuera con el auto de la funeraria y el cajón que no entraba. Cuestión que empezaron a acercarse los vecinos preguntando qué pasó y yo explicándoles que ese ataúd era para mí y que lo iba a pintar. Un despiole se armó”, recordó entre risas. “Cuando por fin pudimos entrarlo, lo vio mi mujer y casi me mata. No lo quería ni ver, no sabía nada ella de mis intenciones. Le expliqué bien lo que iba a hacer y bueno, me lo terminó aceptando. Lo terminé y le quería hacer uno a ella, al principio no le gustó la idea pero al tiempo me dijo que sí y encargué otro cajón para mujer. Y ahí están los dos, con la fecha 14 de noviembre del 2046, donde estaré pintando ‘hasta el infinito’ entre amigos”, concluyó Martiniano que, además, hizo un cartel fileteado que dice: “GRAN VELORIO GRAN. No se suspende por mal tiempo. Damas gratis. Elegante Sport. Pase, vea y descorche”.

El fileteador de Buenos Aires también contó que una vez lo fue a visitar el equipo de Discovery Channel, de Estados Unidos, a hacerle una nota. “Cuando estaban filmando les ofrecí meterme en el cajón y abrirlo desde adentro. Aceptaron y el camarógrafo, que era un italiano y el único que hablaba español, me dijo que no le gustaba hacer esas cosas, que le daba miedo. Entonces yo, de malo que soy, cuando me dieron la indicación de que abriera el cajón, no lo hice. Se asustaron y lo abrieron, y estaba yo ahí con los ojos blancos y la lengua fuera. ¡El susto que se dieron! Yo me reí mucho. Me gusta bromear con esas cosas. No le tengo miedo a la muerte”, recordó entre risas.

Con respecto al por qué quiso filetear su propio ataúd y el de su mujer, Martiniano aclaró que “el ataúd está hecho para que no se le tema a la muerte. Dios lo ha dispuesto así, quieras o no. La muerte es un espiral ascendente hacia dios, a un futuro mejor siempre. Nos espera lo mejor, estoy seguro de eso. No temor. No duda. Dejamos el cuerpo, el espíritu sigue. Yo no creo en la reencarnación, mira si vamos a nacer de vuelta y empezar de nuevo, déjame de embromar”, y recitó el siguiente epitafio:

” Feliz descansaba el  “punto”, estaba desabrigado,

 Le pintaron la sonrisa en su “jonca” fileteado”.

Martiniano Arce le dedicó su vida a la pintura “sin darse cuenta”, como él dice, y consagró como un emblema del patrimonio cultural al fileteado. Es un ser auténtico y profundamente alegre, de una gran memoria literaria y capaz de recitar tanto fragmentos del Martín Fierro como versos de Atahualpa Yupanqui. “Me tomé la vida como en broma, pero siempre en serio el trabajo”, reflexiona Martiniano.

Y allí se encuentra, en la esquina de Humberto Primo y Perú,  sentado en su taburete frente al caballete trazando sobre el lienzo obras únicas, de colores vibrantes y firuletes redundantes. Dejando volar su imaginación y enriqueciendo su creatividad. Y así estará para siempre, pintando hasta el infinito.

Martiniano en su atelier

El escritor Oscar Sbarra Mitre describió a la perfección al artista en el siguiente extracto de “Milonga pa´ Martiniano”:

“Artista del sentimiento, fileteador del destino,

Solidario como el vino, abarcador como el viento,

Amigo ciento por ciento, su genio brinda primores,

Su tiempo se expresa en flores que Buenos Aires esparce.

¡Es don Martiniano Arce: todo está dicho, señores!”

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